Seguros

Las caídas en las personas mayores

Estamos tan acostumbrados a que nuestra postura habitual sea la de estar de pie que olvidamos el esfuerzo que representa para el niño conseguirlo.

Nos vemos caminando y sentimos que nuestra seguridad nos permite mil formas de realizar el movimiento, en un buen número de posturas y variaciones: correr, andar lentamente, incluso, caminar a la pata coja o saltar.

Tal vez pensemos que esta capacidad, que no es exclusiva del hombre, mas sí que el hombre realiza con más elegancia, nos viene de fábrica; que no tengamos que poner a disposición de nuestro “instinto bípedo” un buen número de neuronas, redes nerviosas, huesos, músculos o sentidos.

La capacidad de andar sobre las piernas, manteniendo nuestro cuerpo elegantemente erguido, supone una previa maduración dificilísima que se lleva a cabo en los dos primeros años de la vida.

Un aforismo geriátrico nos dice: “A partir de los sesenta y cinco años, una persona puede caerse una vez al año”. Esto es lo que nos dice la letra, con la sana intención de que nos concienciemos de la necesidad de estar muy atentos; saber y medir dónde ponemos nuestros pies antes de dar un paso.

Según este refrán, quien esto escribe debería haberse caído ya cinco veces. Ciertamente que, si no ha sido así, hasta ahora, es porque sigo a pies juntillas las recomendaciones que mi experiencia me reclama.

Tratándose de tan importante tema, la acción de caminar precisa, en primer lugar, del conocimiento y aceptación de la edad que se ha cumplido, sin hacer caso a la sensación que cada cual conserva en su interior. Porque el envejecimiento, aunque tengamos un espíritu joven, sigue su curso inexorablemente.

También depende de una serie de factores: la capacidad de atención, el cuidado personal y de lo que nos rodea, la habilidad que conservemos para solventar los problemas del medio. Esta habilidad sí la proporciona el ejercicio, físico o intelectual.

Y, además, depende de la situación del oído, la vista y de algo que no conocemos tanto, que no apreciamos a simple vista, pero que es el fundamento de nuestro equilibrio, es lo que llamamos “Sistema Propioceptivo”. Este sistema obedece a la integridad del “cerebro posterior”, el llamado Cerebelo, y a los sistemas de nervios que suben y bajan del mismo.

Es frecuente en los que pasamos de los setenta años, que tengamos una menor habilidad para realizar dos cosas a la vez, por ejemplo, caminar y hablar. Un reciente estudio publicado en la Revista Española de Geriatría así lo confirma. Ya lo sabíamos desde hace tiempo, pero es bueno que nos lo recuerden con nuevos estudios.

Pongamos sobre el papel lo que significa envejecer, para la mayoría de los seres, un menoscabo, de mayor o menor importancia. Deterioro que se resume en alteración de la audición, disminución de la capacidad visual, pérdida de fuerza muscular, pérdida de neuronas, etc.

Todos, repito, todos, pasamos por ese proceso. Vuelvo a escribir: el ejercicio nos podrá mantener en mejores condiciones durante un periodo de tiempo mayor. La actividad intelectual, nos ayuda a preservar la actividad cerebral. Pero, ojo, no debemos engañarnos con un falso sentimiento de seguridad, porque en cualquier momento podemos tropezar con una raya del suelo. Ya se sabe, los reflejos están más adormilados. Así es y así debe aceptarse.

La consecuencia de una caída puede ser, simplemente, un chichón, pero también una fractura de cadera o pelvis; y aquí podríamos empezar a desarrollar el desgraciado “Síndrome Post-caída”, que acaba en una inmovilidad que desemboca en depresión o demencia y, cuya consecuencia final, es muy poco halagüeña.

Conocer la posibilidad estadística de caernos y las causas de la normal disminución de la capacidad de equilibrio nos obliga a echar mano de la cautela porque esta prudencia puede solucionarnos muchos problemas. La mayoría de las veces, cautela significa un buen bastón.

Dr. Francisco Mas-Magro Magro – Médico Gerontólogo. Vicepresidente de la Asociación Gerontológica del Mediterráneo

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