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Alimentación adecuada y envejecimiento

Comer correctamente es una labor cultural, se aprende de pequeño y perdura toda la vida, como la educación.

Los aciertos o defectos en el “arte” de comer aparecen reafirmados en el anciano en virtud a los nuevos comportamientos modificados por la edad.

Al referirse a “personas mayores” y relacionarlas con el hábito alimentario, no es fácil asumir que la alimentación no es solamente buena porque se cubran las recomendaciones dietéticas establecidas. Los ancianos forman una heterogeneidad que explica que los problemas nutricionales no deban ser examinados desde una sola perspectiva.

A medida que se cumplen años la individualidad se marca más intensamente. Así pues, es muy difícil pautar modos generales de comportamiento, consejos estándar de conducta en la cocina o en la mesa. Incluso aquellos ancianos que siguen siendo independientes, que son la gran mayoría, que pueden beneficiarse de programas de educación nutricional, sufren, en ocasiones, avatares que modifican notablemente la capacidad de alimentarse correctamente. Me refiero a aquellos pormenores que empañan el día a día de las personas que han superado la barrera de los setenta y cinco.

Las trabas por causa de la penuria económica. Los conflictos emanados de la ingesta excesiva de alcohol. El obstáculo que representa una boca poco sana, desdentada o con prótesis mal estructuradas, capaz todo ello de dificultar la masticación y foco de graves infecciones (véase, la candidiasis oral, tan frecuente en el abuelo). La presencia de enfermedades como la depresión, que aísla al individuo y le retira la vitalidad y todo lo que ella conlleva (ganas de vivir que va unida al apetito, a la fuerza física necesaria para poder caminar, para poder ir a por los alimentos o para preparárselos correctamente en la cocina de casa). O la multitud de medicamentos que se consume a esas edades.

También nos referimos a aquellos incapacitados por enfermedades físicas (artrosis) o por procesos psíquicos (demencias), o a los casos de soledad, tan frecuente al final de nuestra historia.

La monotonía de las comidas se asocia, frecuentemente, a disminución del apetito y a la falta de ejercicio programado. Un tanto por ciento importante de nuestros ancianos han perdido, como ocurre con la agudeza visual y del oído, la capacidad sensitiva del olfato o del gusto. Estas últimas pérdidas se propician, por cierto, por el abuso del alcohol, del tabaco o por el descuido en la higiene de la boca.

En el otro extremo podemos observar, con agradable frecuencia, como muchos hijos, en su afán de cuidar exquisitamente a los viejos padres, les somete a regímenes alimentarios excesivos, con el pensamiento de que el grado de salud es equivalente al de ingesta. Tal es así que, a personas con procesos consuntivos, crónicamente ensilladas o encamadas, con ninguna posibilidad de poder “quemar”, mediante el ejercicio, las energías sobrantes, se les somete a dietas excesivas, con importante carga de hidratos de carbono o grasas.

La dieta debe ser sencilla y equilibrada y debe provocar placer. No tiene por qué ser cara. Debe ser fácil de preparar, fácil de masticar y fácil de digerir, y sobre todo debe estar en relación con la actividad física del individuo.

Esto que es sugerente para todas las edades debe ser aplicado más estrictamente a los mayores y ancianos.

Y comer, según he dicho antes, debe ser un deleite que ha de ser compartido con alguien. No en vano es una de las actividades sociales más importantes. Más en estos tiempos en que la vejez se puede sentir fácilmente marginada.

Dr. Mas-Magro y Magro – Asociación Gerontológica del Mediterráneo. Miembro de Número de la Sociedad Española de Geriatría.

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